lunes, 26 de noviembre de 2012

Una nueva muerte para Dallas

Las generaciones son un grupo mucho más endogámico de lo que cada una está dispuesta a reconocer. Todos nacemos en un determinado contexto histórico y nos gusta vernos identificados con una serie de referentes (en ocasiones de gusto bastante cuestionable cuando nos hacemos adultos), los cuales creemos que nos definen en tanto que mientras crecíamos ocuparon una gran cantidad de horas de nuestro tiempo, y de algún modo tienen que haber ayudado a configurar nuestra personalidad. Este es uno de esos momentos en los que la brecha que une a dos generaciones se marca de forma inexorable, y serán muchos los que sientan que este mundo ya no es el suyo. Cuando llegues a viejo no tendrás a nadie, solo te quedarán las fotografías y los recuerdos.

En menos de una semana ha muerto mucha gente que nunca había muerto y, para más desgracia, que nunca más veremos morir. Iconos de una generación -no la mía- que realmente se sentirán dolidos ante tales noticias, a pesar de que seguramente hacía años que no sabían nada de ellos. Supongo que con sentir que siguen ahí, en alguna parte, basta. Es suficiente para  llenar ese recoveco en un corazón que quizás ahora esté un poco más vacío ¿Se puede amar a alguien a quien nunca has visto en persona pero con quien has compartido tantos momentos felices? 

Primero fue Miliki, unos días más tarde el cineasta José Luis Borau, y ahora de repente Larry Hagman y Tony Leblanc. La del protagonista de la gran soap opera por antonomasia es, por razones obvias, la de mayor impacto internacional. J. R Ewing no era un villano más, era el villano. Durante más de veinte años fue el antihéroe favorito de Estados Unidos, y dudo que alguien haya superado a un gran mito de esos tiempos en los que la televisión era capaz de unir a billones de personas alrededor de algo que de verdad le apasionaba. Lo que, en contra de lo que muchos piensan, no es malo. Muchos sociólogos intentaron explicar durante años las razones de su éxito homogéneo a lo largo y ancho del planeta, en lugares tan dispares como Sudáfrica o Venezuela. Es curioso que Dallas obtuviese el beneplácito de una sociedad en crisis como la europea, y la explicación más plausible parece ser que era el hecho de ver a un grupo de millonarios destruyéndose entre si el modo en el que nosotros hallábamos consuelo a nuestros propios conflictos.


Es también destacable como la idea del programa surgió cuando el guionista David Jacobs vio en televisión la miniserie Secretos de un Matrimonio de Ingmar Bergman (de la que, si todo va bien, hablaré algún día) donde se analizaba en profundidad la relación de una pareja aparentemente feliz. Jacob quería plantear los mismos conflictos pero adaptados a la sociedad americana, haciéndolo más complejo (en teoría) y rentable. Sin duda uno de los sucesos que mejor recordarán los que la vieron en su día fue la no muerte de Bobby Ewings, el hermano de J.R. El actor Patrick Duffy quería marcharse, así que los guionistas decidieron matar a su personaje, que era atropellado por su cuñada. El descenso en los índices de audiencia aceleró las negociaciones para que Duffy regresara, a lo que se sumó también la insistencia del propio Hagman.

Tras un año de ausencia, los espectadores asistieron sorprendidos al instante en el que su mujer Pamela se encontraba a Bobby en la ducha. De esa manera se desveló que la temporada entera había existido únicamente como un sueño en la imaginación del personaje de Victoria Principal. Secuencia memorable que sirvió el pasado año como promoción de la primera temporada de esa especie de revival o nueva Dallas que produjo la cadena TNT, en cuyos carteles promocionales aparecían el reparto semidesnudo en una ducha bajo el lema They're back. And not, you re not dreaming (Ellos están de vuelta. Y no, no estás soñando).


Precisamente Hagman se encontraba hasta ahora inmerso en la grabación de la segunda temporada de esta ficción, donde ya estaba completada su aparición en los seis primeros capítulos. Que se muera un actor en medio de un rodaje es una faena, y durante años las series nos ha sorprendido con grandes demostraciones de ingenio (no todas igual de sólidas) para suplir este contratiempo. Parece muy lógico pensar que esta vez se cargarán definitivamente al personaje. Una muerte que dolerá a muchos, seguramente más que la del actor original. Nadie prefiere ya la realidad a a la ficción, quizás porque esta no es tan degradante, o porque su degradación al menos nos entretiene. Lo que está claro es que J.R. ha muerto antes que Bobby. Y que, por mucho que proteste la audiencia, permanecerá para siempre muerto y enterrado. Los sueños han acabado.

Archivo fotográfico ⎪  theboldblend.com,  nieuwsbladcdn.be,  tvweek.com

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