lunes, 18 de febrero de 2013

A Eva Hache le quedan como mucho dos horas de vida

Ya se ha dicho más de una vez que el hecho de que no estuviese nominadas Diamond Flash de Carlos Vermut y Extraterrestre de Nacho Vigalondo invalidaba cualquier pretensión de seriedad que pudiese tener la gala de los Premios Goya. Existe buen cine español. Y británico, americano y seguro que hasta de Irán. Pero no está aquí. Tampoco es que el cine fuese algo relevante en una ceremonia cuyo objetivo era que los ciudadanos descarguemos toda esa presión acumulada a lo largo de estos últimos años de descontento social. Bendita terapia del teclado. Una ceremonia televisiva al servicio del poder político, la manera más efectiva de canalizar nuestra furia para que a partir de ahora podamos coger fuerzas y tragar todo lo que está por venir. Aún. Nadie mejor que la -a caballo entre politoxicomana y vigilante de parquímetros recién iniciada en la experimentación lésbica, a juzgar por su camaleónico aspecto- comunicadora Eva Hache para provocar pequeñas dosis de irritación. El arte de empezar en un alto grado de vergüenza ajena y estupidez y continuar in crescendo durante más de tres horas.

Pan y circo 


La gala se ha convertido en una obra maestra escondida (no creo que involuntaria) por su capacidad de reflejar como somos cada uno de nosotros de la misma manera que siempre lo han hecho el mejor cine y la mejor literatura. No es casualidad que comenzasen con una vomitiva parodia de Bienvenido Mr. Marshall, pues toda la retransmisión estuvo impregnada de ese toque tan propio de Azcona y Berlanga. Confusiones de sobres, tropiezos de Resines, costumbrismo exagerado y canciones desafinadas de voudeville rancio calmando rivalidades entre viejas glorias decrépitas. Reproches de Concha Velasco a nominaciones pasadas junto a nuevos talentos vendidos al lado más mercantilista y perjudicial del séptimo arte como Bayona siendo alabados incluso por los que criticaban con saña hasta el más inocente movimiento de cámara del realizador. 

Twitter se transforma por una noche en el perfecto hervidero social donde reflejar con una actitud hipercrítica el descontento que nos producen las actitudes de todos los que se dedican al mundo del artisteo, la industria cinematográfica, o de lo que sea eso. Despedazamos a la gente sin darnos cuenta de que posiblemente todo lo que decimos no soportar de ellos en realidad sea una proyección de lo que nos da asco de nosotros mismos. Los seres humanos deberíamos mirar hacia nuestro interior y ver cuales son esas miserias, miedos y dolores que nos definen a cada uno. Ni me menciones la autocrítica, olvida pensar en que temas son para ti importante los 364 días y 21 horas del año que no ves esto, o si estás perdiendo el tiempo ¿De verdad te apetece indignarte con lo que hacen cuatro payasos endogámicos encerrados en un teatro? 

Las redes sociales son el mejor lugar para traer del baúl de los recuerdos los anuncios de Bífidus de Coronado, el de las rebajas de Maribel Verdú o las pérdidas de orina de la Velasco. Los chistes sobre ETA, el caso Bárcenas o el señor Wert. Hablando del ministro, muy tenso el breve duelo de miradas que mantuvo con el presidente de la Academia González Macho en el inicio de su discurso rescatado del pleistoceno. No tardó nuestro Nosferatu en  ignorarlo para sacar su teléfono y enviarle presuntamente mensajes subidos de tono por Whatsapp a la Ministra de Fomento.  Gracias al ridículo servicio de 9 cámaras de la web de RTVE pudimos ver algo tan necesario como el cutrichil que hacía de backstage donde la presentadora se cambió cincuenta veces de vestido para parecer desde un lomo embuchado en los albores de la gala hasta una estatua envuelta en una cortina de autobús hacia el final. 

Fue José Corbacho quién intentó llamar la atención volviendo a ciudad cliché e ironizando con el ya de sobra satirizado a estas alturas Ministro de Educación, Cultura y Deportes. A ese burdo tono de humor progre e izquierdoso made in Globomedia teníamos que acostumbrarnos desde que Eva Hache decidió aparecer en cincuenta sketches parodiando a cada uno de los protagonistas de las películas nominadas y marcarse unos monólogos aún más soporíferos que cualquiera de los de El club de la comedia. Quizás no tener gracia ha sido parte de la clave del éxito de esta pésima presentadora y peor humorista. Si hubiese sido buena la habríamos denigrado  por envidia, así que da igual. El caso es quejarse, aunque sea sin motivo.

Yo he disfrutado de una noche de decadencia y televisión. Me lo he pasado bien, y eso es algo que ningún ministro o nominación injusta me podrán quitar. Respecto a Eva Hache, si la masa está tan enfurecida como dice, posiblemente haya sido asesinada a la salida del teatro. O lo sea en unas horas. Yo prefiero guardar mi fusil y ver los Goya como metáfora de la decadencia de una nación a la que recuperarse le va a costar un cojón.               

Archivo fotográfico ⎪  rtve.es,   elpais.com

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