
Una imagen muy clara rondó durante el día de ayer mi cabeza cada vez que pensaba en La Sexta. Se asemejaba a la de ese hombre maduro, ya bien entrado en años, que en lugar de mostrar su sapiencia y mesura para guiar unos jóvenes inexpertos por el camino de la razón decide negarse a sí mismo, ignorar el hecho de que está a punto de fenecer e imbuirse en una suerte de fantasía en la que su aspecto es joven y lozano, cuando la cruda realidad es que su alma ya no sigue conectada al espíritu del momento en el que vive. El padre enrrollado, el abuelo fumado. Ese canto a la desesperación de sigo siendo el mismo, nada ha cambiado y tú y yo estamos en la misma onda. Estos aún son mis tiempos.